Page 710 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Que supiera Demetrio, Gorgo aún no se había
acostado con su hermano. Pero cuando hablaba con él
lo hacía casi en susurros, se acercaba mucho a él, se
colocaba el pelo para enseñarle el cuello y los lóbulos
de las orejas, y le miraba a la boca más que a los ojos.
Euctemón se ponía nervioso, era evidente, pero en vez
de retroceder como hacía cada vez que alguien se
acercaba a menos de un codo de él, se lo permitía, y
hasta aguantaba que ella le tocara el codo, la mano o el
hombro con cualquier pretexto, algo que ni a Demetrio
le había consentido nunca.
Los Agriopaides ignoraban que el propio Alejandro
había presenciado sus entrenamientos en un par de
ocasiones. Venía vestido con una clámide de lana parda
y una capucha que le tapaba prácticamente el rostro, y
Lisanias le acompañaba ataviado de la misma guisa, de
modo que pasaban desapercibidos. Después de
observar durante un rato las evoluciones de Euctemón
como instructor, Alejandro le dijo a Lisanias:
—El elegido de Urania guarda más sorpresas que el
cofre de Pandora. Espera aquí, que quiero hablar con el
capitán.
De lejos, Lisanias vio cómo Leónato, que vestía su
habitual taparrabos, se enderezaba como el tensor de
una catapulta al darse cuenta de con quién estaba
hablando. Pero Alejandro le agarró por el brazo, le hizo
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