Page 711 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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sentarse y se acomodó a su lado. Tras una conversación
que a Lisanias se le antojó demasiado larga, pues
empezaba a notar miradas curiosas y algo hostiles
sobre él, Alejandro se levantó y ambos salieron de la
zona de los Agriopaides.
—Te veo un poco incómodo, Lisanias.
—No me gusta juntarme con esta gentuza.
Alejandro puso una sonrisa burlona, pero no dijo
nada. No hablaron mucho más mientras seguían su
recorrido por el campamento, ya de vuelta a la ciudad.
Como Lisanias tenía sus propias fuentes de
información entre los pajes que servían al rey y los
criados que servían a los pajes, no necesitaba esa
inspección secreta para saber cómo estaban los ánimos.
Todo eran quejas. Los habitantes de Posidonia se
quejaban de la glotonería y las ganas de camorra de los
soldados. Los soldados se quejaban de que los
posidonios no hacían más que estafarlos. Los oficiales
se quejaban de que los soldados estaban aburridos y
era muy difícil controlarlos. Y los generales se quejaban
a la vez de los posidonios, los soldados, los oficiales y
las madres de todos, y de paso de Alejandro, que estaba
dando tiempo a los romanos para organizarse.
—Deberíamos entrar ya en Campania —le decía
Meleagro—. Así podríamos hacernos fuertes tras los
muros de Capua o Neápolis y esperar allí a los
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