Page 708 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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que le prometieran también el caballo. No hubo forma

            de  que  siguiera  entrenando  a  sus  compañeros  hasta


            que  todos  juraron  solemnemente,  por  escrito  y  con

            testigos, que lo harían. Era tan sólo el segundo día de

            adiestramiento,  y  como  Euctemón  lo  hacía  todo  por


            orden estricto y sin saltarse ni un solo paso, no habían

            avanzado  demasiado.  Insistía  en  que  cada  hombre


            debía imaginarse rodeado de un círculo, o más bien de

            una esfera invisible, y en que para ir de un punto a otro

            trazaran  en  su  mente  rectas  y  curvas  que  unían  los


            puntos de la superficie de dicha esfera. Como nadie lo

            entendía,  Gorgo  y  Demetrio  traducían  sus  palabras

            para  los  demás  e  imitaban  sus  movimientos


            prescindiendo de la verborrea.


                  Casi  todos  progresaban,  pero  Euctemón  seguía

            venciéndolos.  Aquello  no  dejaba  de  sorprender  a


            Demetrio:  el  torpe  de  su  hermano,  convertido  en  el

            mejor espadachín de los Agriopaides. Gorgo tenía una

            explicación.



                  —La mayoría de las personas piensa en demasiadas

            cosas a la vez. Si encima sois hombres, se añade que

            vuestras pelotas son las que piensan por vosotros y os


            dicen:  «Fornicar,  fornicar,  fornicar».  En  cambio  tu

            hermano sólo ve y oye una cosa cada vez. Ahora le ha

            dado por la espada. No es que le esté dedicando unas


            horas  al  día;  es  que  no  hace  otra  cosa  salvo  cuando



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