Page 713 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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se riera.


                  —El  tío  del  escudo  no  va  tan  descaminado  como

            otras veces.



                  —¿Estás fabricando armas secretas?


                  —¿Qué te parecerían sarisas de madera de pino?


                  —¿Para  qué  las  quieres?  Con  esa  longitud,  se

            romperían a la primera.


                  —Sí, pero pesarían casi la mitad, ¿te das cuenta? Si


            un soldado puede sujetar una sarisa con una mano, le

            podemos poner un escudo casi el doble de grande.


                  Lisanias no sabía qué opinar. A ratos a Alejandro se


            le iba la cabeza y concebía ideas absurdas que, por el

            hecho  de  ser  suyas,  le  parecían  automáticamente

            geniales. Y si Lisanias ponía alguna objeción, le decía:


            «Yo no tengo nada que demostrar». El joven macedonio

            llevaba la cuenta de los días que habían transcurrido

            desde la partida de Crátero y Pérdicas, y se preguntaba


            cuándo volverían, y si traerían consigo a Néstor. Tal vez

            con el médico cambiarían las cosas.


                  El último día del mes de gorpieo, Alejandro celebró


            una cena para festejar a los espartanos y a su rey Areo.

            Era la segunda en cinco días, y a Lisanias le extrañaba

            tanto afán por ganarse su favor.



                  Los  espartanos  poseían  una  peculiaridad  tal  vez

            única  en  el  mundo.  No  eran  una  monarquía,  ni  una


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