Page 712 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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romanos.


                  —Yo no me escondo tras murallas. Yo las derribo —

            respondió Alejandro, contundente.



                  Lisanias había visto cómo, uno por uno, todos los

            generales se presentaban ante Alejandro y le repetían

            la  misma  cantinela.  «Te  respeto,  oh  Alejandro,  y


            siempre te he respetado como respeté a tu padre. Pero

            creo que ahora, por primera vez, te equivocas. Deberías

            actuar ya con decisión y hacer esto», y aquí cada uno


            añadía sus propios consejos. Alejandro los escuchaba a

            todos  con  paciencia,  incluso  a  Meleagro,  y  cuando

            terminaban les echaba la mano por el hombro y, en tono


            íntimo,  como  si  hablara  con  su  más  apreciado

            consejero,  les  decía  que  aguantaran  un  poco  más  y


            siguieran confiando en él.


                  Los rumores del tío del escudo eran cada vez más

            fantasiosos.  Ahora  decían  que  Alejandro  estaba


            fabricando armas secretas en una factoría al norte del

            río Silaris. Enormes fuelles lanzallamas cuyo fuego no

            se extinguía ni debajo del agua, catapultas múltiples


            que disparaban veinte flechas a la vez y a diez estadios

            de distancia, escudos tan bruñidos que no sólo cegaban

            a  los  enemigos  sino  que  prendían  fuego  con  sus


            reflejos. Ésa era la razón de tanta demora: había que

            esperar a que los ingenieros ultimaran tales prodigios.

            Lisanias se lo contó a Alejandro y le sorprendió que no



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