Page 716 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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cuando  salían  de  su  patria  y  veían  los  lujos  ajenos.

            Ahora  podía  comprobarlo,  sobre  todo  en  el  caso  de


            Areo.


                  Se  habían  reunido  allí  diez  espartanos  y  quince

            macedonios,  entre  ellos  Peucestas  y  Glaucias


            (Alejandro había tenido buen cuidado de dejar fuera a

            Meleagro).  Después  de  los  brindis,  llegó  el  primer

            plato.


                  —Es un detalle para mis invitados —dijo Alejandro.


                  Lisanias, que estaba de pie detrás del rey, probó de


            su  cuenco,  como  siempre,  pero  incluso  antes  de

            llevárselo a los labios frunció el ceño por el olor tan


            fuerte a sangre y vinagre. Sólo podía decir que aquello

            era repugnante, y se preguntó si era otra de las ideas

            geniales de Alejandro. Pero luego vio que el rey Areo y


            su compañero de la derecha, Brásidas, asentían con la

            barbilla y bebían de sus cuencos muy serios.


                  —¿Sabe igual que el de vuestra casa? —preguntó


            Alejandro.


                  —Exactamente  igual  —respondió  Areo.  Luego

            empezó a ponerse colorado y escupió con un ataque de

            risa—. ¡Es la misma basura!



                  Los  demás  espartanos  rompieron  a  reír,  y  los

            macedonios  siguieron  su  ejemplo.  Lisanias  se  dio

            cuenta,  con  alivio,  de  que  era  una  broma.  Alejandro




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