Page 806 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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con que han formado los macedonios hoy en el campo

            de  batalla,  mañana  sería  un  día  excelente  para


            atacarlos».  Bien,  Eumenes,  ahora  puedes  enrollarla,

            lacrarla y sellarla con ese anillo que sé que guardas en

            alguna parte.



                  —No sé de qué me hablas, Alejandro.


                  El rey se apartó un paso. Mirmidón sacó una daga

            aparentemente  de  la  nada  y,  en  un  movimiento

            imposible  de  seguir,  clavó  la  mano  izquierda  del


            secretario a la mesa. Eumenes dio un grito de dolor y

            trató de arrancarse el cuchillo, pero Mirmidón lo hizo

            girar y se lo dejó enganchado en los huesos. Alejandro


            retiró el papiro de la mesa para que no se manchara de

            sangre y dijo:


                  —Necesito  ese  sello,  Eumenes.  Ahora.  Por  la


            amistad que te tuvo mi padre, por la que te he tenido

            yo,  te  juro  que  no  sufrirás  más  dolor  si  colaboras


            conmigo.  Pero  esto  es  importante  —añadió,

            inclinándose sobre él para mirarle a los ojos—. Mucho

            más de lo que crees. Haz lo que te digo o te arrancaré


            las uñas.


                  Alejandro  había  pronunciado  la  última  amenaza

            con una ira gélida que Néstor había presenciado pocas

            veces.  Pero  cuando  hablaba  así,  a  menudo  acababa


            exterminando  una  aldea  o  una  ciudad  entera.

            Eumenes, que lo sabía bien, rebuscó bajo su túnica y le


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