Page 802 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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no habían llegado para situarse más al norte, cosa que,
ahora que los romanos habían acampado entre Capua
y Nola ya no podía hacer. No, Alejandro había hecho
bien.
En ese momento se abrieron las cortinas de la puerta
y entró Alejandro, escoltado por Lisanias y Mirmidón,
el siniestro personaje que se había convertido en su
inseparable escolta. Por supuesto, no faltaba Néstor.
Entre las pocas diversiones que le quedaban a Pérdicas
estaba ver la cara de pavor que se le ponía al médico
cada vez que ambos cruzaban la mirada. Pensó que tal
vez le acabaría contando a Alejandro lo que había
pasado entre él y la siracusana. Así comprobaría que
no era Pérdicas el único que le había fallado.
En efecto, Néstor procuró rehuir la mirada de
Pérdicas durante toda la reunión. El jefe de los
Compañeros tenía la mirada vacía, el gesto de un
hombre a quien ya no le quedaba nada que perder, y
alguien así era peligroso.
Alejandro habló en tono confiado, tratando de
infundir ánimo a sus generales. Néstor notó que su
presencia los aliviaba, pues el rey había recobrado esa
aura de seguridad que la enfermedad le había hecho
perder en el último mes, y aunque no expuso grandes
planes consiguió dar la impresión de que lo tenía todo
bajo control. La reunión fue breve. Alejandro insistió en
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