Page 824 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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de batalla con tanto lustre, pensó Demetrio. Luego vio

            que  su  hermano  practicaba  el  cambio  de  escudo  del


            brazo  izquierdo  al  derecho  y  sonrió.  Se  estaba

            convirtiendo en un auténtico soldado, más que él. Tal

            vez acabaría aprendiendo a valerse solo.



                  Tras  el  sacrificio  matinal,  Leónato  les  dijo  que

            tomaran las armas para marchar al campo de batalla.

            Formaron en fila de cuatro casi en silencio; las pocas


            bromas que se oían eran más suaves que la víspera, y

            las risas más nerviosas. No era Demetrio el único que

            olía y palpaba aquello en el aire. Mientras caminaban,


            podía oírse el crujido de la tierra seca y el chasquido

            del heno segado bajo sus botas. A su alrededor sonaban

            trompetas, relinchos y cascos de caballos, el repicar de


            las  piezas  metálicas  al  caminar,  las  voces  de  los

            heraldos y los oficiales. Pero todo sonaba mortecino,


            apagado, como si el cielo estuviera más bajo, aunque

            no había una sola nube. Demetrio volvió a levantar la

            mirada, buscando al cometa, y hubo algo en su faz roja


            que le hizo estremecerse.


                  Delante de ellos iba un paje a caballo que los guiaba

            hacia  la  posición  que  debían  ocupar.  Demetrio


            caminaba en la parte derecha de la fila, y desde allí le

            pareció  que  no  seguían  el  mismo  camino  que  ayer.

            Encelado estaba más cerca, y el Vesubio más lejos. Tal


            vez todo el ejército se estaba desplazando hacia el este



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