Page 827 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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En cuanto todos estuvieron repartidos en una larga
línea y dejaron de marcar el paso, empezaron a correr
rumores. Demetrio sólo tenía que moverse un poco
para ver entre su hermano y el soldado de su derecha
para ver el panorama que se extendía ante ellos. Esta
vez no había espaldas ni sarisas. Por delante de ellos se
extendía la llanura, hasta llegar a unas montañas que,
según Euctemón, estaban a ochenta estadios. Entre
ellos y esas montañas había campos segados, algunas
arboledas aisladas y casas dispersas. Pero delante de
los Agriopaides se abría un terreno despejado de más
de tres estadios, salpicado tan sólo por algunos
almiares que los peltastas tracios hacían rodar para
apartarlos del campo de batalla. Por aquella explanada
se cruzaban los escuadrones de exploradores, y
también se veía a grupos de infantería ligera. Aparte de
los peltastas había nubios con escudos de mimbre,
rodios con sus temibles hondas y también sogdianos. A
los agrianos no se los veía; Alejandro solía apostarlos
junto a los Compañeros.
Algunos se acercaban a bromear con ellos, y un
negro alto y flaco como una espadaña se acercó a Gorgo
y le pidió almáciga. Pero Demetrio sabía de sobra que,
cuando llegara el momento de la verdad, las tropas
ligeras se colarían por los huecos entre las formaciones
de línea y dejarían que el verdadero choque lo
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