Page 832 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Los carretones se retiraron, pero al mirar de reojo
Demetrio vio que detrás de ellos habían quedado
cientos de esclavos y peones apoyando sus propias
sarisas de pino en el suelo. Aunque no formaban filas
muy rectas, contribuían a formar un bosque más
tupido que, desde lejos, para quienes vieran las puntas
de las picas, haría creer que ahí había al menos ocho
filas de fondo, una falange de verdad.
—Somos un cebo —dijo en voz alta. Ya los cebos se
los comen los peces, añadió para sí.
Peucestas pasó a caballo por delante,
inspeccionando las filas. Eso significaba que estaba al
mando de todo aquel sector, y que Agriopaides,
espartanos e hipaspistas formaban una sola unidad
muy alargada. Demetrio, sabiendo que su hermano
conocía de memoria los contingentes de cada tropa, le
preguntó qué frente podían ofrecer con esa formación
de cuatro.
—Setecientos cincuenta escudos —respondió él, sin
volverse. Peucestas bajó del caballo y estrechó la mano
de Leónato. En ese momento reconoció a Euctemón y
le saludó.
—¡Usa bien tu espada hoy, ateniense! ¡Si matas a
cinco romanos, yo mismo te regalaré otra armadura!
—Habrá cinco romanos muertos —respondió
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