Page 831 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—¿Qué  hacemos  con  las  lanzas?  —preguntó

            alguien.


                  —¡Coged  la  sarisa  y  la  lanza  a  la  vez!  —grita


            Leónato—.  ¿Es  que  tenéis  manos  de  niña?  Ahora,

            ¡media vuelta otra vez!


                  Cuando  empuñó  la  suya  y  la  examinó  de  cerca,


            Demetrio  comprendió  la  facilidad  de  su  manejo.

            Aunque la pica medía diez o doce codos, era mucho

            más fina que una sarisa normal, y la madera era muy


            ligera  y  clara  para  ser  de  cornejo;  debía  tratarse  de

            alguna especie de pino local. De hecho, siendo el doble

            de larga que su lanza, Demetrio comprobó que pesaba


            menos. No tenía contera, y la punta, por lo que podía

            apreciarse desde abajo parecía mucho más corta, una


            especie de abrazadera aguzada más que una auténtica

            moharra.


                  —Estas sarisas son de pega —se quejó Cérdidas. Era


            evidente que esas puntas no harían mucho daño a una

            coraza o un escudo enemigo, y al primer embate serio

            las varas de pino se partirían en dos.


                  —¡Ponedlas  tiesas,  maldita  sea!  —volvió  a  rugir


            Leónato,  y  desfiló  ante  ellos  para  comprobar  que

            ofrecían buen aspecto—. Cuando os dé la orden, todos

            tiraréis hacia delante la sarisa con cuidado de no darle


            en la cabeza al compañero. La orden será, y que quede

            claro, ¡sarisas al suelo!


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