Page 894 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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tratar  de  expugnar  la  ciudad,  pues  era  un  bocado

            demasiado grande para un ejército reducido como el


            suyo.  Los  defensores,  que  estaban  resistiendo  con  la

            esperanza de que el grueso de su ejército no tardaría en

            regresar, se encontraron en cambio con la desagradable


            sorpresa de que Alejandro se presentaba en las puertas

            de su ciudad sólo trece días después de que partieran


            las orgullosas legiones.


                  Esa noche el cometa, que había refrenado algo su

            vuelo, fue visible durante unas horas, y poco antes del

            amanecer  se  ocultó  bajo  el  horizonte.  En  Roma  se


            consideró  una  señal,  aunque  ni  los  augures  ni  los

            arúspices, y ni siquiera los fulguratores, más duchos en

            tales materias, se ponían de acuerdo en el significado.


            Al día siguiente, una comisión del Senado, encabezada

            por los dos ediles curules que habían quedado en la


            ciudad  como  máximas  autoridades,  se  presentó  ante

            Alejandro.


                  —Ésta es mi oferta —dijo el rey—. Abrid las puertas


            de la ciudad o primero haré que ejecuten a los ocho mil

            ciudadanos romanos y a los siete mil aliados que tengo

            en mi poder. Después, derribaré las murallas, arrasaré


            vuestra ciudad y sembraré vuestros campos de sal.


                  Alejandro no tenía el menor deseo de enfrentarse

            con aquellas murallas de toba que absorbían los golpes

            con  silenciosa  tenacidad,  pero  dejó  claro  que  estaba



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