Page 889 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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todo quedó en calma. Pero una hora después, otra gran

            luz brotó en el borde del disco lunar y creció durante


            un rato antes de extinguirse.


                  Los  profetas,  astrólogos  y  adivinos  estuvieron

            debatiendo  durante  toda  la  noche  el  significado  de


            aquellas señales. Pero Alejandro sólo quería escuchar a

            una persona. Cuando hicieron venir a Euctemón, el rey

            se enteró de que, en una suprema burla de los dioses,


            su hermano Demetrio había muerto un instante antes

            de  que  se  detuviera  la  batalla.  Alejandro  le  dio  el

            pésame,  pero  Euctemón  no  le  contestó.  Gorgo,  que


            venía con él, le dijo:


                  —Aún no ha pronunciado una sola palabra.


                  El  rostro  de  Euctemón  parecía  una  máscara  de

            madera;  pero,  al  contrario  que  las  del  teatro,  no


            expresaba  ninguna  emoción.  En  vez  de  bailar  como

            otras  veces,  sus  pupilas  estaban  fijas  en  el  suelo.


            Alejandro se acercó a él, le puso la mano en la barbilla

            y se la levantó para obligarle a que le mirara a los ojos.

            Algo  debió  ver  en  ellos  que  lo  conmovió,  tal  vez  el


            mismo  brillo  desvalido  que  había  encontrado  en  los

            ojos  de  su  sobrino  Neo  cuando  murió  Cleopatra,

            porque  le  abrazó  con  fuerza  y  le  obligó  a  apoyar  la


            cabeza sobre su hombro. El joven ateniense dejó caer

            los brazos junto a los costados, pero al cabo de un rato

            los levantó y apoyó las manos en los hombros del rey,



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