Page 896 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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tanto peso como los del propio Senado.


                  Entre  la  multitud  que  salió  a  las  calles  para

            contemplar  la  entrada  del  ejército  macedonio  hubo


            división  de  pareceres.  Los  patricios  y  las  familias

            plebeyas más acomodadas observaron al dios invasor


            con ceñudo silencio, mientras que las clases populares,

            a las que Alejandro había repartido grano gratis y había

            prometido plata en abundancia, le aclamaron de buen


            grado  perdonándole,  al  menos  de  momento,  que

            hubiera aplastado a sus legiones.


                  Como  había  asegurado  antes  de  la  batalla,

            Alejandro entró en Roma al frente de los Agriopaides.


            Incluso el lisiado capitán Gorgo desfiló para la ocasión,

            encajado en unas jamugas de madera y a lomos de un


            soberbio corcel blanco cuyas riendas llevaba la jefa de

            pelotón Gorgo, ahora inseparable de Euctemón.


                  Néstor  cabalgaba  al  lado  del  flamante  hijo  de


            Júpiter, pese a que le había insistido en que él no era

            soldado, sino médico, y aquel lugar no le correspondía.

            Pero Alejandro lo había dejado muy claro:


                  —Eres mi talismán, Néstor. Sé que mientras te tenga


            a mi lado no pasará nada. No concibo nada peor ahora

            que sufrir un ataque de ceguera o un desvanecimiento

            delante de todos esos romanos. Negociar con ellos ha


            sido peor que cuando de niño me tocaba terciar en las

            discusiones  entre  mi  padre  y  mi  madre  —dijo  con


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