Page 892 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 892
a qué pacto habían llegado y qué quería cada uno del
otro, pero comprendió que no se lo dirían.
—Aún no ha llegado el momento. Sólo te diré que
vamos a hacer un largo viaje. —Y yo te acompañaré —
dijo Néstor. No era una pregunta. Era la constatación
de un hecho.
A Néstor, que recordaba a un Gayo Julio arrogante
y rodeado por un aura de autoridad casi tan intensa
como la de Alejandro, le sorprendió ver a un hombre
derrotado y con la mirada perdida. No todos los días
uno veía cómo se hundía en el barro el poderío de su
ciudad.
—El Senado no negociará contigo para rescatar
prisioneros. Roma no se rendirá —dijo el tribuno con
voz átona, como si enunciara un hecho de la
naturaleza—. Reclutarán a proletarios y a esclavos si
hace falta, pero no te dejarán entrar en la ciudad.
Recurrirán a sus aliados, les pedirán más legiones,
reunirán un ejército y volverán a enfrentarse contra ti.
—Tal vez te lleves una sorpresa, Gayo Julio.
Alejandro no dio descanso a sus tropas. Tras dejar
en Pompeya una guarnición de siete mil hombres para
atender a los heridos y vigilar a los prisioneros, al día
siguiente de la batalla tomó al resto del ejército y a los
cautivos más influyentes y partió hacia Roma. Como la
892

