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Sombras en fuga ‐ Orson Scott Card
De este modo entablaron conversación día y noche,
en la vigilia y el sueño. En verdad, Bean tenía la sensación
de estar dormido casi siempre. Era un sueño largo,
atractivo y fascinante, la historia de la vida de los
zánganos, todo lo que sabían sobre su reina y las otras
reinas, la vida de las obreras, la historia total. Sabían
muchísimo, y lo sabían directamente, sin las distracciones
del lenguaje.
Pero a medida que continuaba el sueño, hora tras
hora, día tras día, Bean detectó las lagunas que había en
ese conocimiento. Él preguntaba, y ellos le daban la
respuesta que creían que él deseaba; no podían ver lo que
no podían ver. Creían saberlo todo, pero Bean notó que la
reina les había ocultado la información más vital y
peligrosa.
Él había creído, como el resto de la raza humana, que
una colonia de fórmicos tenía una sola mente. Que las
obreras eran para la Reina Colmena lo que los dedos y los
pies eran para los humanos: solo una parte de ella, sin
mente propia. Pero mientras saboreaba sus pequeñas
vidas en la memoria de los zánganos, supo que eso era
una mentira, una mentira profunda y terrible. Las obreras
tenían mente, pensamientos, deseos, pero la reina las
usaba a su conveniencia, y las desechaba por irrelevantes
cuando no les encontraba utilidad. Si una obrera se
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