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Sombras en fuga ‐ Orson Scott Card
resistía, incluso si sugería un procedimiento mejor, la
reina abandonaba la mente de la obrera, cerraba el enlace
entre ambas, y a través de los ojos de los fórmicos
cercanos presenciaba la muerte de la obrera renuente.
Y se conformaba con eso. Porque el temor más
profundo de las reinas era una rebelión de las obreras.
Los zánganos no recordaban semejante cosa (¿cómo
podían recordarlo?) pero Bean sabía que el alivio de la
Reina Colmena delataba una tensión que no había dejado
experimentar a los zánganos. Les ocultaba su temor a
ellos y a todos. Pero Bean tenía la capacidad de los
humanos para interpretar la mente. Sin poder conectarse
directamente, los humanos habían adquirido destreza
para interpretar las emociones a partir de signos externos.
La mayoría de los humanos lo hacían aceptablemente; si
bien algunos lo hacían muy mal. Bean lo hacía
estupendamente, pero no por amor. El amor nos hace
malos observadores: proyectamos la mejor interpretación
en todo. El odio provoca una ceguera similar: suponemos
lo peor. Para sobrevivir en su infancia, Bean se había
vuelto ducho en discernir los posibles actos de la gente a
partir de los indicios involuntarios que mostraban. La
Reina Colmena no ofrecía esas señas discernibles: no
había gestos faciales que Bean pudiera interpretar. Pero
no era necesario. Ella ocultaba los sentimientos que
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