Page 196 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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ampollas de un día a otro. Los habitantes se extendían como
el moho. No había lámparas de gas para subyugar a la noche,
ni doctores, ni empleos, pero, en diez años, la zona estaba
cuajada de infraviviendas. Adquirió un nombre,
Salpicaduras, que reflejaba la inconexa aleatoriedad de su
urbanismo: todo aquel poblado hediondo parecía un montón
de heces llovidas del cielo. El suburbio estaba más allá del
alcance del municipio de Nueva Crobuzon, y disponía de una
poco fiable infraestructura alternativa: una red de voluntarios
que actuaban como carteros e ingenieros sanitarios, e incluso
una especie de ley. Pero tales sistemas eran, como mucho,
ineficaces e incompletos. Por lo general, ni la milicia ni nadie
más acudía a Salpicaduras. Los únicos visitantes del exterior
eran los trenes que, con regularidad, aparecían en la
incongruentemente bien mantenida estación del Páramo, y
las bandas de pistoleros enmascarados que aparecían a veces
por la noche para aterrorizar y asesinar. Los niños de las
calles de Salpicaduras eran especialmente vulnerables a la
feroz barbarie de los escuadrones de la muerte.
Los moradores de la Perrera, e incluso los de Malado,
consideraban que Salpicaduras era indigno de ellos.
Simplemente no era parte de la ciudad, poco más que un
extraño poblacho que se había adosado a Nueva Crobuzon
sin pedir permiso. No había dinero ni industria, legal o ilegal.
Los crímenes en aquel lugar no eran sino actos a pequeña
escala de desesperación y supervivencia.
Pero había algo más, algo que había llevado a Isaac a
visitar sus inhóspitas callejuelas. Durante los últimos treinta
años, Salpicaduras había sino un gueto para los garuda de
Nueva Crobuzon.
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