Page 245 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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alarmado—. Te estás pasando, te estás haciendo demasiado
fuerte...
De repente fue incapaz de hablar. Se quedó totalmente
quieto hasta que un tercer e intenso ataque inundó sus
sinapsis. Aquellos eran diferentes, comprendió, no eran
como los quejumbrosos lamentos psíquicos del extraño
gusano que tenía a tres metros. Su boca se secó de repente y
pudo saborear la ensalada mustia. Pulpa. Alpiste. Fruta
madura.
Mostaza grumosa.
—Oh, no... —musitó. Su voz se agitó al comenzar a
comprender—. Oh, no, no, no, no, Gazid, maldito hijo de
puta, cabrón de mierda, te voy a arrancar los huevos...
Se aferró al borde de la cama con manos que temblaban
violentamente. Sudaba, y su piel tenía el aspecto de la piedra.
Métete en la cama, pensó desesperado. Métete debajo de
las sábanas y supera el viaje. Miles de personas lo hacen por
placer todos los días, por el amor de Jabber...
Su mano se arrastró como una tarántula drogada por los
pliegues de la manta. No lograba dar con el mejor modo de
meterse bajo las sábanas, debido al modo en que se doblaban
sobre sí mismas y alrededor de la cama: las dos ondas de ropa
de cama eran tan similares que Isaac se convenció de repente
de que eran parte de la misma unidad textil ondulante, y que
bisecarlas sería espantoso, de modo que se enrolló sobre la
manta y se encontró nadando en los intrincados pliegues
retorcidos de algodón y lana. Nadó arriba y abajo, moviendo
los brazos con un movimiento enérgico, infantil, escupiendo,
abriendo y cerrando los labios con sed prodigiosa.
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