Page 248 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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lenguaje químico de las khepri, llorando porque su madre de
nido la había castigado y él se burló con un bufido y él y el
jefe de los establos oyeron una estúpida excusa del chico
nuevo y cerró sus traslúcidos párpados internos y se
sumergió bajo las frías aguas de las corrientes montañosas y
nadó hacia los demás vodyanoi que copulaban orgiásticos
y...
—Oh, Jabber...
Oyó su voz desde lo más profundo de aquella brutal
cacofonía emocional. Había más y más y más, y llegaba a
toda prisa, y se solapaba y confundía en los límites, hasta que
dos o tres o más momentos vitales se sucedían al tiempo.
La luz era brillante, y cuando estaba encendida algunos
rostros eran afilados, y otros borrosos e invisibles. Cada
astilla separada de vida se movía con concentración
portentosa, simbólica. Cada una era gobernada por la lógica
onírica. En algún rincón analítico de su mente, Isaac
comprendió que no eran, que no podían ser grumos de
historia coagulados y destilados en aquella resina pegajosa.
La ambientación era demasiado fluida. La consciencia y la
realidad se entrelazaban. Isaac no había terminado apresado
en las vidas de otros, sino en las mentes de otros. Era un
voyeur espiando el último refugio de los acosados. Eran
recuerdos. Eran sueños.
Isaac se vio salpicado por el líquido psíquico. Se sentía
asqueado. Ya no había sucesión, no había dos tres cuatro
cinco seis momentos mentales invasores, iluminados durante
un instante por la luz de su propia consciencia. En realidad
nadaba en fango, en un pozo aglutinante de zumo onírico que
fluía y se entremezclaba, carente de integridad, sangrando
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