Page 276 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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principal ante la rugiente muchedumbre, donde se les
entregaban unos machetes. Cuando ya estaban confiados era
cuando se abría la compuerta y empalidecían al enfrentarse
a un enorme gladiador rehecho o un impávido guerrero cacto.
La carnicería resultante era breve y sangrienta, y servía de
alivio cómico para los profesionales.
El deporte en Cadnebar se regía por la moda. En los
últimos días de la primavera, gustaban los enfrentamientos
entre equipos de dos rehechos y tres hermanas guardianas
khepri. Las unidades de khepri eran atraídas desde Kinken y
Ensenada con impresionantes premios. Llevaban
practicando juntas durante años, ya que eran grupos de tres
guerreras religiosas adiestradas para emular a las diosas
guardianas khepri, las Hermanas Guerreras. Como ellas, una
combatía con red de garfios y lanza, otra con ballesta y
pedernal y otra con el arma khepri que los humanos habían
bautizado como aguijón.
A medida que el verano comenzaba a llegar al resguardo
de la primavera, las apuestas se hacían cada vez mayores. A
kilómetros de distancia, en la Perrera, Benjamín Flex
reflexionaba hosco sobre el hecho de que el Cera de
Cadnebar, el órgano ilegal del negocio de las peleas, tenía
una tirada cinco veces superior a la del Renegado Rampante.
El Asesino Ojospía dejó otra víctima mutilada en las
alcantarillas, descubierta por los mendigos. Colgaba como
alguien arrojado al Alquitrán desde una de las tuberías de
desagüe.
En las afueras de la Letrina, una mujer murió por múltiples
heridas punzantes en ambos lados del cuello, como si se
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