Page 275 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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degeneraban los habitantes de otras tierras. «Pensad en los

            demás países de Rohagi», exigía Rudgutter en sus discursos

            y  editoriales.  Aquello  no  era  Tesh,  ni  Troglodópolis,

            Vadaunk  o  el  Alto  Cromlech.  Aquella  no  era  una  ciudad
            regida por brujos; aquello no era una madriguera chthónica;

            los  cambios  de  estación  no  provocaban  una  oleada  de

            represión supersticiosa; Nueva Crobuzon no procesaba a sus

            ciudadanos mediante fábricas de zombis; su parlamento no

            era como el de Maru'ahm, un casino donde las leyes eran

            apuestas en la mesa de la ruleta.

                Y aquello no era, enfatizaba Rudgutter, Shankell, donde la

            gente luchaba como animales por deporte.


                Excepto, por supuesto, en Cadnebar.

                Podría  haber  sido  ilegal,  pero  nadie  recordaba  ningún

            registro  de  la  milicia  en  aquel  establecimiento.  Muchos

            patrocinadores               de       los        principales            establos          eran

            parlamentarios,  industriales  y  banqueros,  cuya  intercesión

            sin  duda  mantenía  en  un  mínimo  el  interés  oficial.  Había
            otras salas de lucha, por supuesto, que doblaban para peleas

            de gallos o de ratas, donde se podía celebrar un combate entre

            osos o tejones en un extremo, lucha entre serpientes en otro,

            con  los  gladiadores  en  el  medio.  Pero  Cadnebar  era

            legendario.


                Cada noche, la diversión comenzaba con un espectáculo
            abierto,  una  comedia  para  los  habituales.  Montones  de

            jóvenes, estúpidos y palurdos chicos de granja, los tipos más

            duros de sus aldeas, que habían viajado durante días desde la

            Espiral de Grano o las Colinas Mendicantes para labrarse un

            nombre en la ciudad, mostraban sus prodigiosos músculos a

            los selectores. Dos o tres eran elegidos y arrojados a la arena



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