Page 274 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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tensión, durante horas, contemplando a los visitantes desde
sus celdas de ladrillo y sus trincheras enlodadas. Estaban
esperando quizá las lluvias meridionales que nunca
alcanzaban Nueva Crobuzon, pero que seguían grabadas en
sus huesos. Y cuando las lluvias no llegaban, se sentaban a
esperar la estación seca que, del mismo modo, no afligía a su
nuevo hogar. Debía de tratarse de una existencia extraña y
ansiosa, pensaban los cuidadores con el fondo del rugido de
bestias cansadas, desorientadas.
Las noches habían perdido casi dos horas desde el
invierno, pero parecían concentrar aún más esencia en ese
tiempo limitado. Eran especialmente intensas, ya que había
más actividades ilícitas tratando de encajar en las horas entre
el ocaso y el alba. Cada noche, el viejo y enorme almacén a
un kilómetro al sur del zoo atraía riadas de hombres y
mujeres. El ocasional rugido leonino podía romper el
golpeteo y el constante retumbar de los ariscos visitantes que
entraban en el edificio. Todos lo ignoraban.
Los ladrillos de la nave habían sido en su día rojos, pero
ahora aparecían negros por la mugre suave y meticulosa,
como si la hubieran untado a mano. El cartel original aún
ocupaba toda la longitud del edificio: «Jabones Cadnebar y
Tallow». Cadnebar se había ido a pique en la depresión del
57. La enorme maquinaria para fundir y refinar grasa había
sido arrancada y vendida como chatarra. Después de dos o
tres años de silenciosas reformas, el lugar había reabierto
como el circo de gladiadores.
Como otros alcaldes antes que él, a Rudgutter le gustaba
comparar la civilización y el esplendor de la Ciudad-Estado
República de Nueva Crobuzon con la barbarie en la que
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