Page 332 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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como él, y, cuando la inercia de la investigación comenzó a
aumentar, fue cada vez más difícil encontrar tiempo para
verse.
Lo que hacía Isaac era sentarse en la cama y escribirle
cartas. Le preguntaba acerca de su escultura y le decía que la
echaba de menos. Cada dos mañanas más o menos sellaba
esas cartas y las depositaba en el buzón al final de la calle.
Ella respondía la correspondencia e Isaac usaba las cartas
para darse ánimo. No se permitía leerlas hasta que había
terminado la jornada de trabajo. Entonces se sentaba y bebía
un té o un chocolate junto a la ventana, arrojando su sombra
sobre el Cancro y la ciudad oscurecida, leyendo las misivas.
Le sorprendía la calidez sentimental de aquellos momentos.
Existía un grado, un regusto lloroso en aquel
estremecimiento, pero también mucho afecto, una verdadera
conexión, una falta que sentía cuando Lin no estaba allí.
En una semana construyó el prototipo de la máquina de
crisis, un impresionante circuito siseante de tuberías y cable
que no hacía más que producir pequeños ruidos y ladridos.
Lo desmontó y reconstruyó. Algo más de tres semanas
después, otro caótico conglomerado mecánico se alzaba
junto a la ventana, allá donde los animales de las jaulas
habían logrado su libertad. Era un artilugio incontenido, una
vaga agrupación de motores, dinamos y convertidores
separados, dispersos por el suelo, conectados por una
ingeniería tosca, improvisada.
Quería esperar a Yagharek, pero no era posible contactar
con el garuda, viviendo como lo hacía como un vagabundo.
Isaac creía que aquella era la extraña, invertida forma de
Yagharek de aferrarse a la dignidad, viviendo en las calles
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