Page 330 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Dentro del enorme y reseco capullo comenzó un
extraordinario proceso.
La carne envuelta del ciempiés empezó a romperse. Las
patas, los ojos, las cerdas, los segmentos corporales
perdieron su integridad. El cuerpo tubular se tornó fluido.
Aquel ser empleaba la energía almacenada que había
extraído de la mierda onírica para alimentar la
transformación. Se reorganizaba. Su forma mutada burbujeó,
rezumó por extrañas grietas dimensionales, supurando como
un fango oleoso sobre el borde del mundo y otros planos,
regresando después. Se dobló sobre sí mismo y cobró forma
a partir del lodo proteano de su propia materia básica.
Era inestable.
Estaba vivo, y se produjo un momento entre formas en que
no estuvo ni vivo ni muerto, sino saturado de poder.
Y después volvió a vivir, más distinto.
Espirales de caldo bioquímico cobraban formas
repentinas. Los nervios que se habían desconectado y
disuelto regresaban con un chasquido a conformar el tejido
sensorial. Los rasgos se disolvían y recreaban en nuevas y
extrañas constelaciones.
El ser se flexionó con embrionaria agonía y un hambre
rudimentaria, aunque creciente.
Desde el exterior, nada de esto era visible. El violento
proceso de destrucción y creación era un drama metafísico
interpretado sin audiencia. Quedaba oculto tras un opaco
telón de seda frágil, una cáscara que ocultaba la
transformación con una modestia brutal, instintiva.
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