Page 410 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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cargó a Ben sobre su hombro y abandonó con estrépito el
lugar.
Los condestables que habían entrado en la pequeña
imprenta esperaron a que el resto del pelotón siguiera a su
oficial de vuelta al pasillo. Después, con perfecta
coordinación, cada uno extrajo un gran bote de hierro de sus
bolsillos y apretó el activador que ponía en marcha una
violenta reacción química. Arrojaron los cilindros al
diminuto espacio en el que el constructo aún seguía dando
vueltas a la manivela de la imprenta, en un infinito circuito
sin mente.
Los soldados corrieron como atronadores rinocerontes
bípedos por el pasillo, detrás de su oficial. El ácido y el polvo
de las bombas se mezcló y chispeó, se encendió
violentamente, estalló con la pólvora empaquetada. Se
produjeron dos repentinas detonaciones que hicieron temblar
las paredes húmedas del edificio.
El pasillo se sacudió con el impacto e innumerables trozos
de papel prendido salieron escupidos por el umbral,
mezclados con tinta caliente y pedazos de tubo. Fragmentos
de metal y cristal estallaron desde la claraboya en una
cascada industrial. Como confeti ígneo, retazos de editoriales
y denuncias salpicaron todas las calles circundantes.
«NOSOTROS DECIMOS», rezaba uno. ¡TRAICIÓN!,
proclamaba otro. Aquí y allá, se podía ver la cabecera,
Renegado Rampante. Un pequeño trozo de papel desgarrado
y ardiente flotaba como una advertencia:
«Corred...».
Uno tras otro, los soldados se amarraron a las cuerdas con
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