Page 411 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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un mosquetón en su cinturón. Después activaron las palancas
embebidas en sus mochilas integrales y pusieron en marcha
un poderoso motor oculto que los arrancó de las calles y los
lanzó al aire. El cabrestante giraba y los potentes engranajes
encajaban los unos con los otros, transportando a las oscuras
y voluminosas figuras hacia el vientre de las naves aéreas. El
oficial que portaba a Ben lo sujetaba con firmeza, y la polea
no parecía resentirse por el peso de un hombre adicional.
Mientras un fuego intermitente ardía en los restos del
matadero, algo cayó desde el tejado, donde se había sujetado
a un canalón roto. Se precipitó al vacío y se desplomó con un
crujido sobre el suelo manchado. Era la cabeza del constructo
de Ben, con el brazo derecho aún adosado.
Aquel apéndice se agitaba con violencia, tratando de girar
una manivela que ya no estaba allí. La cabeza rotaba como
un cráneo encerrado en peltre. Su boca de metal se retorció
y, por unos grotescos segundos, mostró una desagradable
parodia de movimiento y se arrastró sobre el suelo irregular
abriendo y cerrando la mandíbula.
En menos de medio minuto, el último vestigio de energía
desapareció. Sus ojos de cristal vibraron hasta detenerse. Se
quedó quieto.
Una sombra pasó sobre aquel ser muerto mientras la nave
aérea, ahita con sus tropas, se alejaba lentamente de la
Perrera, pasando sobre las últimas sórdidas y brutales
batallas en los muelles, sobre el Parlamento y sobre la
enormidad de la ciudad, hacia la estación de la calle Perdido
y las salas de interrogatorios de la Espiga.
Al principio me sentí enfermo por estar a su alrededor,
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