Page 407 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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chispa.
La bala salió expelida entre una bocanada de gas,
proyectada como una intrincada guirnalda y fue a enterrarse
en el cuello de su objetivo. El tercer miembro del comité
huelguista vodyanoi cayó retorciéndose al fango y un chorro
de agua saltó sobre él. Su sangre formó un charco sobre el
lodo.
Los muros de agua alterada de la trinchera comenzaban a
fracturarse y colapsarse. Sangraban y se combaban, mientras
el agua se filtraba y diluía sobre el lecho del río, sacudiendo
los pies de los pocos huelguistas restantes, retorciéndose
como el gas sobre ella, hasta que, con una sacudida, el Gran
Alquitrán volvió a unirse y sanó la falla que lo había
paralizado y sus corrientes volvieron a fundirse. El agua
contaminada enterró la sangre, los panfletos políticos y los
cadáveres.
Mientras la milicia sofocaba la huelga en Arboleda, los
cables descendían del quinto dirigible, como había sucedido
con sus compañeros.
Las multitudes de la Perrera gritaban, pasando las noticias
y las descripciones de la pelea. Los fugados del piquete se
arracimaban en las callejuelas destartaladas. Bandas de
jóvenes corrían de un lado a otro en enérgica confusión.
Los comerciantes de la calle del Lomo Plateado gritaban
y señalaban al dirigible, que desenrollaba sus aparejos hacia
tierra. Las advertencias eran sofocadas por el repentino
estruendo de las bocinas en el aire, que cada dirigible iba
haciendo sonar por turno. Un pelotón de la milicia descendió
del aire cálido hacia las calles de la Perrera.
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