Page 408 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Se deslizaban bajo la silueta de los tejados, repicando con
sus pesadas botas el hormigón del patio en el que habían
aterrizado. Parecían más constructos que humanos,
embutidos en una extraña y retorcida armadura. Los pocos
trabajadores y los indigentes en el callejón sin salida los
contemplaban boquiabiertos, hasta que uno de los soldados
se giró levemente, levantó un enorme mosquetón y barrió
con él un arco amenazador. Ante aquel gesto, los presentes
echaron cuerpo a tierra o se giraron y huyeron.
Los soldados descendieron en tropel por una escalera
rezumante hasta el matadero subterráneo, echó abajo la
puerta y disparó en aquella atmósfera sangrienta. Los
carniceros y matarifes se volvieron atónitos hacia el umbral.
Uno se desplomó, gorgoteando agónico con una bala
perforando su pulmón. Su delantal sanguinolento volvió a
empaparse, esta vez desde el interior. Los demás
trabajadores escaparon, resbalando con los cartílagos y las
vísceras.
La milicia tiró de las colgadas y rezumantes carcasas de
cabra y cerdo, bregando con la cinta suspendida de garfios
hasta que la arrancaron del techo empapado. Cargaban en
oleadas hacia la parte trasera de la oscura cámara y bajaron
corriendo por unas escaleras hasta llegar al pequeño
desembarco. Por lo que sirvió para frenarlos, la puerta
cerrada de Benjamin Flex podría haber sido de papel.
Una vez dentro, las tropas se situaron a ambos lados del
armario, dejando a un hombre que soltó la enorme maza que
portaba a la espalda. La descargó sobre la vieja madera y, de
tres poderosos golpes, descubrió la abertura en la pared, de
la que llegaba el zumbido de un motor de vapor y la luz de
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