Page 406 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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del río. Estaban rodeados por un grupo de compañeros como
protección. A toda prisa, sacaron los mosquetes de precisión
que portaban a la espalda. Cada agente disponía de dos,
cargados y preparados con pólvora; dejaron uno a su lado.
Moviéndose sin detenerse un instante, observaron la miasma
de humo gris. Un oficial con las peculiares charreteras
plateadas de un capitán taumaturgo se situó a su lado,
murmurando de forma rápida e inaudible con voz apagada.
Tocó las sienes de cada tirador y apartó las manos.
Tras sus máscaras, la visión de los hombres se aguó, se
aclaró, y de repente se percibieron registros de luz y
radiación que hacían el humo virtualmente invisible.
Todos conocían a la perfección la forma corporal y el
patrón de movimiento de sus objetivos. Los tiradores
apuntaron rápidamente a través de la nube de humo y vieron
a sus presas, conferenciando, con la boca y la nariz cubiertas
por paños húmedos. Se produjo un rápido chasquido, el de
tres disparos casi simultáneos.
Dos de los vodyanoi cayeron. El tercero miró a su
alrededor aterrado, mas no veía otra cosa que las volutas del
violento gas. Corrió hacia el agua que lo rodeaba, tomó un
puñado y comenzó a canturrearle, moviendo las manos
rápidamente con pases esotéricos. Uno de los tiradores en la
orilla arrojó su rifle rápidamente y tomó su segunda arma. El
objetivo era un chamán, comprendió, y si le daban tiempo
podría invocar a una ondina, lo que complicaría
enormemente las cosas. El oficial alzó el arma hasta su
hombro, apuntó y disparó con un rápido movimiento. El
martillo, con su fragmento de yesca, se deslizó por el borde
serrado de la cobertura del pedernal, lo golpeó y provocó una
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