Page 470 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Los cinco marcharon de caza.
Entre el vasto y caótico caldo de pesadillas urbanas, cada
uno de los seres oscuros podía discernir deliciosos rastros
serpenteantes.
Normalmente eran cazadores oportunistas. Esperaban
hasta que olían algún gran tumulto mental, alguna mente
especialmente sabrosa en sus propias exudaciones. Entonces,
los intrincados voladores giraban y descendían sobre su
presa. Usaban sus manos delgadas para descerrar las
ventanas de las plantas altas y recorrían áticos bañados por
la luna hacia los trémulos durmientes para saciarse. Se
aferraban con una multitud de apéndices a las figuras
solitarias que recorrían la orilla del río, gentes que, mientras
eran absorbidas, chillaban sin cesar a una noche ya ahita de
plañidos quejumbrosos.
Pero cuando abandonaban los cascarones de carne de sus
comidas para sacudirse y repantigarse sobre los tejados y las
callejuelas oscuras, cuando la cuchillada del hambre remitía
y era posible alimentarse más despaciosamente, por placer,
las criaturas aladas se tornaban curiosas. Saboreaban el débil
caldo de mentes que ya habían catado antes y, como
inquisitivas bestias de caza de fría inteligencia, las
perseguían.
Allí estaba el tenue rastro mental de uno de los guardias
que se encontraba en el exterior de su jaula en el Barrio Oseo,
fantaseando con la esposa de su amigo. Sus sabrosas
imaginaciones flotaban hasta enroscarse alrededor de la
lengua trémula. La criatura que lo saboreó giró en el cielo,
trazando el arco caótico de una mariposa o una polilla,
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