Page 468 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
P. 468
industriales de Campanario, la gente se agitaba gimiente en
sus camas.
Los niños eran los primeros. Lloraban y se clavaban las
uñas en las manos, retorciendo sus caritas en duras muecas,
sudando sin parar con un hedor empalagoso; sus cabezas
oscilaban horrendas de un lado a otro, mas sin despertar.
A medida que la noche avanzaba, también eran los adultos
los que sufrían. En las profundidades de otro inocuo sueño,
los viejos miedos y las paranoias llegaban de repente
atravesando murallas mentales, como ejércitos invasores.
Sucesiones de imágenes pavorosas asaltaban a los afligidos,
visiones animadas de miedos profundos, banalidades
absurdamente aterradoras (fantasmas y trasgos a los que
nunca deberían enfrentarse) de los que se reirían de estar
despiertos.
Aquellos que de forma arbitraria se salvaban de la ordalía
despertaban de repente en lo más profundo de la noche, por
los gemidos y gritos de sus amantes dormidos, por sus
sollozos desesperados. A veces los sueños podían ser de sexo
o felicidad, pero aumentados y febriles hasta tornarse
espantosos en su intensidad. En aquella retorcida celada
nocturna, lo bueno era malo, y lo malo era peor.
La ciudad se mecía temblorosa. Los sueños devenían
pestilencia, un bacilo que parecía saltar de un durmiente a
otro. Incluso invadían las mentes durante la vigilia. Los
vigilantes nocturnos y los agentes de la milicia; las bailarinas
y los estudiantes frenéticos; los insomnes se encontraban
perdiendo la concentración, cayendo en fantasías y
meditaciones de extraña, alucinatoria intensidad.
Por toda la ciudad, la noche quedaba fisurada por gritos de
467

