Page 537 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Cerré los ojos.
Me moví en una dirección de cuya existencia nunca había
sospechado. Sentí el tobogán hormigueante de aquella
multitud de piernas mientras el loco dios danzante se
desplazaba sobre poderosas hebras de fuerza. Corría por
oscuros ángulos de la realidad, con todos nosotros colgando
debajo. Mi estómago dio un vuelco, y me sentí apresado,
obstaculizado por el tejido del mundo. Me picaba la piel en
aquel plano alienígena.
Durante un instante, la enajenación del dios me infectó.
Durante un instante, la avaricia del saber olvidó su lugar y
exigió ser saciada. Durante una fracción de tiempo, abrí los
ojos.
Durante un aliento terrible, eterno, vislumbré la realidad
a través de la que bregaba el loco dios danzante.
Los ojos me picaron y se humedecieron como si estuvieran
a punto de estallar, como si fueran afligidos por un millar de
tormentas de arena. No podían asimilarlo que había ante
ellos. Mis pobres orbes trataban de ver lo que no era posible
ver. No contemplé más que una fracción, el filo de un
aspecto.
Vi, o creí ver, o me convencí de que vi, una vastedad que
empequeñecía el cielo de cualquier desierto, una gigantesca
grieta de proporciones titánicas. Gemí, y oía los demás
hacerlo propio a mi alrededor. Extendida sobre la vacuidad,
alejándose de nosotros en todas direcciones con cavernosas
perspectivas, abarcando vidas y enormidades con cada
escabroso nudo de sustancia metafísica, había una telaraña.
Su materia me era conocida.
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