Page 538 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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La reptante infinidad de colores, el caos de texturas que
impregnaba cada hebra de aquel tapiz de complejidad
eterna... cada uno resonaba bajo el paso del loco dios
danzante, vibrando y enviando pequeños ecos de valor, o
hambre, o arquitectura, o argumento, o col o asesinato u
hormigón a través del éter. La trama de motivaciones del
estornino conectaba la espesa, pegajosa cuerda de la risa de
un joven ladrón. Las fibras se extendían tensas y sólidamente
pegadas a un tercer cabo, su seda compuesta por el ángulo
de siete arbotantes de la cubierta de la catedral. La trenza
desaparecía en la enormidad de posibles espacios.
Cada intención, interacción, motivación, cada color, cada
cuerpo, cada acción y reacción, cada pedazo de realidad
física y los pensamientos por ella engendrados, cada
conexión realizada, cada mínimo momento de historia y
potencialidad, cada dolor de muelas y cada losa, cada
emoción y nacimiento y billete de banco, cada posible cosa
en toda la eternidad está tejido en esa ilimitada telaraña.
Carece de principio y de fin. Es compleja hasta un grado
que humilla a la mente. Es una obra de tal belleza que mi
alma lloró.
Está infestada de vida. Había otros como nuestro
portador, más locos dioses danzantes, vislumbrados en la
infinidad de la obra.
Había también otras criaturas, terribles formas complejas
que no recuerdo.
La telaraña no carece de defectos. En innumerables
puntos la seda está rasgada y los colores estropeados. Aquí
y allá, los patrones son tensos e inestables. Mientras
pasábamos estas heridas, sentí al loco dios danzante
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