Page 591 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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ellos se sacudió y vaciló, la boca abierta en un espasmo, los
ojos parpadeando neuróticos en la cabeza. Las heridas de
entrada comenzaron a rezumar una espesa resina. Las colas
ensangrentadas se agitaron ciegas en el aire por un instante,
como enormes gusanos. Se estiraban y temblaban mientras
se tocaban entre ellas.
Los cuerpos anfitriones se doblaban hacia sus
compañeros, como si susurraran una extraña bienvenida.
Estaban totalmente quietos.
Los manecros comulgaron.
Los manecros eran un símbolo de perfidia y corrupción,
un borrón de la Historia. Complejos y discretos. Poderosos.
Parásitos.
Daban lugar a rumores y leyendas. La gente decía que eran
el espíritu de muertos despreciables. Que eran un castigo
para el pecado. Que si un asesino se suicidaba, sus manos
culpables se retorcían y agitaban hasta separarse de la piel
putrefacta, y así nacía el manecro.
Había muchos mitos y algunas cosas que se sabían ciertas.
Vivían mediante la infección, tomando la mente de sus
anfitriones, controlando sus cuerpos e imbuyéndolos de
extraños poderes. El proceso era irreversible. Los manecros
solo podían vivir la vida de otros.
Se mantenían ocultos a lo largo de los siglos como una
raza secreta, una conspiración viviente, un sueño inquietante.
En ocasiones, los rumores señalaban que alguien aborrecido
y bien conocido caía ante la amenaza de los manecros, con
historias sobre extrañas formas retorciéndose bajo las
chaquetas, o cambios inexplicables en el comportamiento.
Pero, a pesar de los cuentos, las advertencias y los juegos de
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