Page 68 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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lienzo ni cuero entre ellas. No existía sistema alguno para

            planear. No eran más que un disfraz, un truco, un engaño

            oculto por la capa incongruente de Yagharek para simular

            que tenía alas.

                Isaac se acercó. El garuda se tensó, pero permitió que el

            científico las tocara.

                Isaac sacudió la cabeza atónito. Alcanzó a ver la cicatriz

            rugosa en la espalda, hasta que el garuda se giró hosco para

            encararse con él.


                — ¿Por qué? —suspiró Isaac.

                La expresión de Yagharek se arrugó lentamente mientras

            entornaba  los  ojos.  Emitió  un  débil  gemido,  totalmente

            humano,  que  creció  y  creció  hasta  convertirse  en  el

            melancólico  grito  de  guerra  de  un  pájaro  de  presa,

            estruendoso y monótono, triste y solitario. Isaac se alarmó
            cuando  el  lamento  se  convirtió  en  un  gañido  apenas

            comprensible.


                —  ¡Porque  esta  es  mi  vergüenza!  —aulló.  Quedó  en

            silencio  unos  instantes  antes  de  volver  a  hablar  con  tono

            normal—. Esta es mi vergüenza.

                Desabrochó el incómodo maderamen de su espalda y lo

            dejó caer al suelo con un sonido sordo.

                Estaba desnudo hasta la cintura. Su cuerpo era enjuto y

            tenso, con una delgadez saludable. Sin el amenazador peso

            de sus falsas alas detrás, parecía pequeño y vulnerable.


                Se giró lentamente e Isaac contuvo el aliento al ver, ahora
            claramente, las cicatrices.


                Dos  largas  trincheras  de  carne  en  los  omoplatos  de

            Yagharek  mostraban  un  tejido  retorcido  y  enrojecido  que



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