Page 681 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Callodd, blandidas por los guardas humanos de la granja de

            cactos del alcalde. Pero, después de que la reforma del Acta

            de Sapiencia disolviera la granja y concediera a los xenianos

            algo  que  se  aproximaba  a  la  ciudadanía,  los  pragmáticos
            ancianos  cactos  comprendieron  que  aquella  era  un  arma

            imprescindible  para  mantener  a  raya  a  su  propio  pueblo.

            Desde entonces, el arco había sido mejorado muchas veces,

            ahora por ingenieros cactos.

                Se trataba de una enorme ballesta, demasiado grande y


            pesada para que un humano la empleara con efectividad. No
            disparaba virotes, sino chakris (discos planos de metal con

            bordes serrados o afilados) o estrellas metálicas de brazos

            curvados.  Un  orificio  practicado  en  el  centro  del  chakri

            encajaba en un vástago metálico que emergía del cuerpo del

            arco. Al activar el gatillo, el cable saltaba violentamente y

            propulsaba  el  vástago  con  fuerza  increíble,  mientras  unos

            complejos mecanismos lo hacían girar a toda velocidad. Al
            final  del  canal  cerrado,  el  vástago  descendía  de  golpe  y

            abandonaba el orificio del chakri, que era descargado con el

            mismo impulso que la piedra de una honda, girando como la

            hoja de una sierra circular.

                La fricción del aire disipaba su inercia muy rápido, por lo

            que no tenía el alcance de un arco largo o un mosquete. Pero

            podía  arrancarle  la  cabeza  o  el  brazo  a  un  cacto  (y  a  un

            humano) a casi treinta metros, y provocar graves cortes más

            allá.  Los  guardias  cactos  miraban  con  el  ceño  fruncido,

            mostrando sus arcos huecos con seca arrogancia.




                Los últimos rayos del sol brillaban sobre los picos lejanos.

            La zona occidental de la cúpula del Invernadero resplandecía



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