Page 686 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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sentía el viento llenar su cuerpo extendido como una vela.
Yagharek pretendía estar volando.
De su escueto cinto colgaban el estilete y el látigo que
había robado el día anterior. El látigo era tosco, muy distinto
al que había hecho restallar en el cálido aire del desierto,
azotando y apresando, pero era un arma que su mano
recordaba.
Se deslizó rápido, seguro. Todas las naves aéreas visibles
estaban lejos. Permanecía oculto.
Desde lo alto del Invernadero, la ciudad le parecía un
regalo listo para ser tomado. Allá donde miraba, dedos y
manos y puños y pinchos arquitectónicos se alzaban toscos
hacia los cielos. Las Costillas, que se alzaban como
tentáculos osificados; la Espiga, clavada en el corazón como
una daga; el complejo vórtice mecánico del Parlamento, con
su oscuro fulgor; Yagharek los cartografió todos con ojo frío
y estratégico. Miró hacia el este, hacia donde zumbaba el tren
elevado que conectaba la torre del Tábano con la Espiga.
Cuando hubo alcanzado el extremo del enorme globo de
cristal en la cima de la cúpula, solo le llevó un instante
localizar la grieta. Parte de él se sorprendió por que sus ojos,
los ojos de un pájaro de presa, aún pudieran servirle como
antaño habían hecho.
Bajo él, a medio metro bajo la suave curva de la escala, el
cristal del domo estaba seco, cubierto de deposiciones de
pájaro y draco. Trató de ver a su través, pero apenas
distinguía las sugerencias de cubiertas y calles.
Decidió entrar.
Se movía con cuidado, tanteando con las garras,
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