Page 720 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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escaleras. Mientras Isaac lo seguía, percibió el exótico y
pungitivo olor de la savia y la extraña comida de los
xenianos. Por todo el vestíbulo de entrada había macetas con
tierra arenosa de la que brotaban distintas variedades de
plantas del desierto, la mayoría en mal estado, menguantes
en aquella atmósfera artificial.
El mercenario se giró para mirar a sus compañeros.
Lentamente, se llevó un dedo a los labios y reanudó su
ascensión.
Mientras se acercaban a la quinta planta, oyeron una
silenciosa discusión con la profunda voz de los cactos.
Yagharek les traducía lo que entendía con un débil susurro,
algo sobre estar asustados, una exhortación para confiar en
los ancianos. El pasillo estaba desnudo. Shadrach se detuvo
e Isaac miró por encima del hombro del gigante: la puerta del
cuarto de los cactos estaba abierta de par en par.
Dentro divisó una gran sala de techo alto, conseguido al
demoler el forjado de la planta superior. Había encendida una
pálida luz de gas. Algo alejados de la puerta, Isaac vio a
varios cactos dormidos, en pie, con las piernas cerradas,
inmóviles e impresionantes. Dos figuras cercanas la una a la
otra seguían despiertas, algo inclinadas, susurrando.
Lentamente, como un predador, Shadrach se acercó a la
puerta y se detuvo junto a ella. Miró atrás y señaló a uno de
los constructos, y después a su lado. Repitió los gestos. Isaac
comprendió, se acercó a las entradas auditivas de uno de los
autómatas y le susurró sus instrucciones.
El simio ascendió los últimos escalones con un ruido
apagado que hizo a Isaac apretar los dientes, pero los cactos
no lo notaron. El constructo se situó junto a Shadrach para
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