Page 729 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
P. 729
Cuando vio sus contenidos, tuvo que luchar con todas sus
fuerzas para no emitir sonido alguno.
Tirados a intervalos regulares por todo el suelo, la
habitación estaba atestada de cuerpos.
Comprendió que aquella era la fuente del inenarrable
hedor. Giró la cabeza y se llevó la mano a la boca al ver junto
a él a un niño cacto descomponiéndose, separándose la carne
putrefacta de los duros y fibrosos huesos. Un poco más allá
estaba la carcasa hedionda de un humano, y detrás vio otro
cadáver más reciente, también humano, y a un vodyanoi
hinchado. Casi todos los cuerpos eran de cactos.
Para su desdicha, que no su sorpresa, vio que algunos aún
respiraban. Estaban allí abandonados: cáscaras, botellas
vacías. Pasaban sus últimos días de idiocia babeando,
orinándose y defecándose encima en aquel agujero mefítico,
hasta que morían de hambre y sed y se pudrían del mismo
modo que habían hecho durante sus últimos días.
Abatido, Isaac pensó en que no podían estar ni en el
Paraíso ni en el Infierno. Sus espíritus no podrían vagar en
forma espectral. Habían sido metabolizados. Habían sido
absorbidos y apagados, convertidos por un vil proceso
oneiroquímico en combustible del vuelo de las polillas.
Vio que, en una de sus manos agarrotadas, la polilla
arrastraba el cuerpo de un anciano cacto, con la faja aún
colgando pomposa y absurda del hombro. El monstruo era
torpe. Alzó el brazo indolente y dejó que el cuerpo cayera
con pesadez sobre el suelo de mortero.
Entonces la polilla se desplazó un poco y buscó bajo su
cuerpo con las patas traseras. Se arrastró hacia delante,
deslizando los pesados huesos por el firme polvoriento.
728

