Page 857 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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mejores comunicadores y taumaturgos de la ciudad se
detuvieron y se volvieron repentinamente en dirección al
Cuervo, los rostros arrugados de confusión y nebulosa
alarma. Los más sensitivos se llevaron las manos a la cabeza
y gimieron con inexplicable dolor.
Doscientos siete de ellos empezaron a farfullar un
galimatías compuesto de códigos numerológicos y poesía
exuberante. Ciento cincuenta y cinco sufrieron hemorragias
nasales masivas, dos de las cuales, imposibles de contener,
acabarían por resultar fatales.
Once, que trabajaban para el gobierno, arañaron las mesas
de sus talleres en lo alto de la Espiga y corrieron, mientras
trataban en vano de contener con pañuelos y papeles el fluido
sanguinolento que se derramaba por sus narices y orejas,
hacia la oficina de Eliza Stem-Fulcher.
— ¡La estación de la calle Perdido! —fue todo lo que
pudieron decir. Lo repitieron como idiotas durante varios
minutos a la secretaria de Interior y al alcalde, que se
encontraba con ella, mientras los sacudían con frustración,
los labios temblando en busca de otros sonidos, y manchaban
de sangre los inmaculados trajes a medida de sus jefes.
— ¡La estación de la calle Perdido!
Muy arriba, sobre las amplias y desiertas calles de Chnum,
planeando lentamente junto a las torres del templo de Cuña
del Alquitrán, rodeando el río sobre el Aullido y
remontándose en toda su longitud sobre los depauperados
suburbios del Cantizal, se movían unos cuerpos complejos.
Con desplazamientos lentos y lenguas babeantes, las
polillas asesinas buscaban presas.
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