Page 858 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Estaban hambrientas, ansiosas por darse un festín y
preparar sus cuerpos y volver a procrear. Debían cazar.
Pero en cuatro súbitos, idénticos y simultáneos
movimientos (separados por kilómetros en diferentes
cuadrantes de la ciudad) las cuatro polillas asesinas
levantaron la cabeza mientras volaban.
Batieron sus complejas alas y frenaron su marcha, hasta
que estuvieron casi inmóviles en el aire. Cuatro rezumantes
lenguas se desenroscaron y lamieron el aire.
En la lejanía, sobre el horizonte que brillaba con
manchones de luz sucia, en los exteriores de la masa central
de edificios, una columna se elevaba desde el suelo. Crecía
y crecía mientras ellas lamían y saboreaban, y empezaron a
aletear frenéticas conforme el aire les traía el aroma, el olor
suculento de aquello que hervía y se arremolinaba en el éter.
Las demás fragancias y esencias de la ciudad se disiparon
en la nada. Con asombrosa velocidad, el extraordinario rastro
dobló su intensidad, y excitó a las polillas asesinas hasta
volverlas locas.
Una por una emitieron un gorjeo de asombrada y deleitada
codicia, un anhelo que no conocía límites.
Desde los extremos de la ciudad, desde los cuatro puntos
cardinales, convergieron en un frenesí de batir de alas, cuatro
cuerpos famélicos, exultantes y poderosos que descendían
para alimentarse.
Hubo una diminuta emisión de luces en la pequeña
consola. Isaac se aproximó lentamente, con el cuerpo
encorvado, como si pudiera agacharse bajo el faro de energía
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