Page 932 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Los  grises  dirigibles  patrullaban  sobre  las  calles,  como

            hacían cada día. Parecían inquietos.

                Era un día perfecto. El viento procedente del mar parecía

            renovar constantemente el cielo.


                En barrios diferentes de la ciudad, Yagharek y Derkhan
            disfrutaban  pasando  el  rato  de  forma  furtiva  bajo  el  sol

            mientras trataban de no cortejar al peligro. Se apartaban de

            las discusiones y solo caminaban por calles atestadas.


                El cielo estaba  amotinado  de pájaros y dracos.

            Revoloteaban  entre  los  contrafuertes  y  los  minaretes,

            llenando los tejados ligeramente inclinados de los puntales y
            las torres de la milicia y cubriéndolos de guano blanco. Se

            reunían  formando  cambiantes  espirales  alrededor  de  las

            torres de Páramo del Queche y de los esqueléticos edificios

            de Salpicaduras.

                Pasaban  a  toda  velocidad  sobre  el  Cuervo,  planeaban

            intrincadamente a través del complejo patrón trazado por el

            viento  sobre  la  estación  de la  calle  Perdido.  Los  ruidosos

            grajos reñían sobre las capas de ladrillo. Revoloteaban sobre

            las moles inferiores de pizarra y alquitrán de la descuidada

            parte trasera de la estación y descendían hacia una peculiar

            llanura de hormigón situada sobre una pequeña cumbre de

            tejados  acristalados.  Sus  excrementos  manchaban  la

            superficie recién limpiada, pequeñas bolitas de salpicaduras
            blancas contra las manchas oscuras sobre la que había sido

            vertida copiosamente alguna clase de fluido nocivo.


                La Espiga y el edificio del Parlamento estaban cubiertos

            por un enjambre de pequeños cuerpos voladores.

                Las  Costillas  se  blanqueaban  y  se  abrían,  mientras  sus

            defectos empeoraban lentamente bajo el sol. Los pájaros se


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