Page 39 - El alquimista
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«Existe un lenguaje que va más allá de las palabras -pensó el
muchacho-. Ya lo experimenté con mis ovejas, y ahora lo practico con
los hombres.»
Estaba aprendiendo varias cosas nuevas. Cosas que él ya había
experimentado y que, sin embargo, eran nuevas porque habían pasado
por él sin notarlas. Y no las había notado porque estaba acostumbrado
a ellas. «Si aprendo a descifrar este lenguaje sin palabras, conseguiré
descifrar el mundo.»
«Todo es una sola cosa», había dicho el viejo.
Decidió caminar sin prisas y sin ansiedad por las callejuelas de
Tánger; sólo así conseguiría percibir las señales. Exigía mucha
paciencia, pero ésta es la primera virtud que un pastor aprende.
Nuevamente se dio cuenta de que estaba aplicando a aquel mundo
extraño las mismas lecciones que le habían enseñado sus ovejas.
«Todo es una sola cosa», había dicho el viejo.
El Mercader de Cristales vio nacer el día y sintió la misma angustia
que experimentaba todas las mañanas. Llevaba casi treinta años en
aquel mismo lugar, una tienda en lo alto de una ladera, donde
raramente pasaba un comprador. Ahora era tarde para cambiar las
cosas: lo único que sabía hacer en la vida era comprar y vender cristal.
Hubo un tiempo en que mucha gente conocía su tienda: mercaderes
árabes, geólogos franceses e ingleses, soldados alemanes, siempre con
dinero en el bolsillo. En aquella época era una gran aventura vender
cristales y él pensaba que se haría rico y que tendría hermosas mujeres
en su vejez.
Pero el tiempo fue pasando y la ciudad se transformó. Ceuta creció
más que Tánger y el comercio cambió de rumbo. Los vecinos se
mudaron, y en la ladera quedaron muy pocas tiendas. Y nadie subía la
ladera por unas pocas tiendas.
Pero el Mercader de Cristales no tenía elección. Había pasado
treinta años de su vida comprando y vendiendo piezas de cristal, y
ahora era demasiado tarde para cambiar de rumbo.
Durante toda la mañana estuvo mirando el movimiento de la calle.
Hacía aquello desde años atrás, y ya conocía el horario de cada
persona. Cuando faltaban algunos minutos para el almuerzo, un
muchacho extranjero se detuvo delante de su escaparate. No iba mal
vestido, pero los ojos experimentados del Mercader de Cristales
adivinaron que el muchacho no tenía dinero. Aun así decidió esperar
un momento, hasta que el muchacho se fuera.
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