Page 47 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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único amor; estaba llorando cuando se le acercó un
                   niño -el hijo de un vecino de Viscos, que
                   actualmente era un hombre hecho y derecho, y vivía
                   a miles de kilómetros de allí- y le preguntó por
                   qué estaba triste.


                            Berta no quiso asustar al niño hablándole de
                   muertes ni despedidas definitivas; sólo le dijo
                   que su marido se había marchado, y que tal vez
                   tardaría mucho en volver a Viscos.
                   "Creo que se equivoca -respondió el niño-.
                   Acabo de verlo detrás de una tumba, sonriente, con
                   una cuchara de sopa en la mano."
                            La madre del niño, que había oído el
                   comentario, lo riñó severamente: "Los niños
                   siempre están viendo ‘cosas’”, le dijo,
                   disculpándose. Pero Berta dejó de llorar
                   inmediatamente y miró en dirección al lugar
                   indicado; su marido tenía la manía de tomar la
                   sopa con una cuchara determinada, a pesar de que
                   ello la irritaba profundamente -puesto que todas
                   las cucharas son iguales y cabe la misma cantidad
                   de sopa-, pero él se empeñaba en usar sólo una.
                   Berta jamás contó esa historia a nadie, porque
                   temía que la tomaran por loca.
                            El niño había visto realmente a su marido; la
                   cuchara era la señal. Los niños "ven" cosas. Y
                   Berta decidió que ella también aprendería a "ver"
                   porque quería hablar con su marido, tenerlo de
                   vuelta, aunque fuese en forma de fantasma.
                            Primero, se encerró en su casa, de donde
                   raramente salía, esperando que él se le
                   apareciese. Un buen día tuvo un presentimiento:
                   debía situarse en la puerta de su casa y empezar a
                   prestar atención a los demás, sintió que su marido
                   quería que su vida fuera más alegre, que
                   participase más en todo lo que acontecía en el
                   pueblo.
                            Colocó una silla delante de casa y se puso a
                   contemplar las montañas; pocas personas pasaban
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