Page 52 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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su dinero en libros). Allí decía que la mejor
                   manera de debilitar al adversario es hacerle creer
                   que estás de su parte.
                            Mientras caminaban en medio de la lluvia y el
                   viento, le contó la historia del lobo. Dos años
                   atrás, un habitante de Viscos, el herrero del
                   pueblo, para ser más exactos, salió a dar un paseo
                   cuando, de repente, se encontró frente a un lobo y
                   sus crías. El hombre se asustó, agarró una rama y
                   le dio al animal. En condiciones normales,
                   cualquier otro lobo habría huido, pero como estaba
                   con sus crías, contraatacó y le mordió una pierna.
                   El herrero, un hombre cuya profesión exigía una
                   fuerza descomunal, le golpeó con tanta violencia
                   que el animal terminó retrocediendo; el lobo se
                   internó en el bosque con sus crías y jamás
                   volvieron a verlo; lo único que se sabe de él es
                   que tiene una mancha blanca en la oreja izquierda.
                   -¿Por qué "maldito"?
                   -Los animales no suelen atacar, ni siquiera los
                   más feroces, a no ser que se trate de una
                   situación excepcional como, en este caso, para
                   proteger a sus crías. Pero si atacan y prueban la
                   sangre humana, se vuelven peligrosos; van a querer
                   más, dejan de ser animales salvajes para
                   convertirse en asesinos. Todos creen que, algún
                   día, ese lobo volverá a atacar.
                   "Es la historia de mi vida", pensó el
                   extranjero.
                            Chantal procuraba caminar lo más de prisa que
                   podía, porque era más joven, más ágil y quería
                   tener la ventaja psicológica de cansar y humillar
                   al hombre que la acompañaba; él, sin embargo,
                   seguía el ritmo de sus pasos. Y, a pesar de que
                   jadeaba un poco, en ningún momento le pidió que
                   caminase más despacio.
                            Llegaron hasta una pequeña tienda de plástico
                   verde, perfectamente camuflada, que utilizaban los
                   cazadores para aguardar a su presa. Se sentaron
                   dentro, ambos restregándose y soplándose las manos
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