Page 84 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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bienestar de los turistas, el sacerdote,
                   responsable de las almas, el alcalde, responsable
                   de las leyes de caza, la mujer del alcalde,
                   responsable del alcalde y de sus decisiones, el
                   herrero, que fue mordido por el lobo maldito y
                   logró sobrevivir, y el dueño de la mayor parte de
                   las tierras que rodeaban el pueblo. Además, fue él
                   quien vetó la construcción del parque infantil, en
                   la creencia -remota- de que Viscos volvería a
                   crecer, y el solar estaba situado en un lugar
                   ideal para construir una casa de lujo.
                            A los demás habitantes de Viscos poco les
                   importaba lo que sucedía o dejaba de suceder en el
                   pueblo, bastante trabajo tenían cuidando a sus
                   ovejas, su trigo y sus familias. Eran clientes
                   habituales del bar del hotel, iban a misa,
                   obedecían las leyes, llevaban a arreglar sus
                   instrumentos a la herrería y, de vez en cuando,
                   compraban tierras.
                            El terrateniente jamás iba al bar; se enteró
                   de la historia por su criada, que había estado esa
                   noche y salió de allí excitadísima, comentando con
                   sus amigas que el huésped del hotel era muy rico y
                   que tal vez podía tener un hijo con él y exigirle
                   que le cediera la mitad de su fortuna. Preocupado
                   por el futuro -es decir, que la historia de la
                   señorita Prym se difundiera y ahuyentara a
                   cazadores y turistas-, había convocado una reunión
                   de emergencia. En aquel preciso momento, mientras
                   Chantal se dirigía al bosque, el extranjero se
                   perdía en sus misteriosos paseos y Berta discutía
                   con su marido sobre si debía o no intentar salvar
                   el pueblo, el grupo se reunía en la sacristía de
                   la pequeña iglesia.
                   -Lo único que debemos hacer es llamar a la
                   policía -dijo el terrateniente-. Está claro que
                   ese oro no existe; creo que ese individuo pretende
                   seducir a mi criada.
                   -No sabes de qué hablas porque tú no estuviste
                   allí -respondió el alcalde-. El oro existe, la
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