Page 86 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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-Tal vez nadie del pueblo, pero hay turistas
que van como locos por las casas de veraneo, y
sólo sería cuestión de pedir a la gente de Viscos
que no dijera nada. Aportaría más dinero para el
pueblo y más impuestos para el ayuntamiento.
-Tiene razón. Sólo es cuestión de que nadie
diga nada. No será muy difícil.
Y, de repente, se hizo el silencio. Un largo
silencio que nadie se atrevía a romper. Las dos
mujeres contemplaban el paisaje, el cura se puso a
abrillantar una pequeña imagen de bronce, el
terrateniente se sirvió otro vaso de vino, el
herrero se desató y ató los cordones de los dos
zapatos. El alcalde consultaba su reloj
continuamente, como si quisiera insinuar que tenía
otros compromisos.
Pero nadie se movía; todos sabían que los
habitantes de Viscos no dirían nada, si aparecía
algún comprador interesado en el terreno que
albergaba el cementerio; y lo harían por el placer
de ver a un nuevo vecino en un pueblo que corría
el peligro de desaparecer. Sin cobrar ni un
céntimo por su silencio.
"¿Se imaginan que tuviéramos dinero?"
"¿Se imaginan que tuviéramos dinero suficiente
para el resto de nuestras vidas?"
"¿Se imaginan que tuviéramos dinero suficiente
para el resto de nuestras vidas y las de nuestros
hijos?"
En aquel preciso momento, una ráfaga de
viento cálido, absolutamente inesperado, penetró en
la sacristía.
-¿Qué nos propones? -dijo el sacerdote, después
de cinco largos minutos.
Todos se volvieron hacia él.
-Si la gente de Viscos no dice nada, podríamos
seguir adelante con las negociaciones -respondió
el terrateniente, eligiendo cuidadosamente sus
palabras, de modo que pudiera ser mal
interpretado, o bien interpretado, dependiendo del

