Page 90 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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hotel llamaba la "tiendecita"- estaban impregnados
                   de este amor desinteresado.
                            Pero la temporada de caza terminaría y después
                   tendrían libertad para hablar de nuevo del tema.
                   Esta vez, debido a las muchas tardes pasadas
                   soñando con el dinero perdido, empezarían a
                   imaginar hipótesis para la situación: ¿por qué
                   nadie, amparado por la oscuridad de la noche, no
                   había tenido valor para matar a una vieja inútil
                   como Berta a cambio de los diez lingotes de oro?
                   ¿Por qué no había tenido lugar un accidente de
                   caza con el pastor Santiago, quien, todas las
                   mañanas, llevaba su rebaño a las montañas?
                   Barajarían varias hipótesis, primero con cierto
                   pudor, después, con rabia.
                            Al cabo de un año, todos se odiarían
                   mutuamente: el pueblo había tenido una oportunidad
                   y la había dejado escapar. Preguntarían por la
                   señorita Prym, que había desaparecido sin dejar
                   rastro, tal vez llevando consigo el oro que el
                   extranjero había escondido. Hablarían mal de ella,
                   la huérfana, la ingrata, la pobre chica a la que
                   todos se esforzaron por ayudar cuando murió su
                   abuela, que trabajaba en el bar porque no había
                   podido agenciarse un marido y desaparecer, que
                   dormía con huéspedes del hotel, normalmente
                   hombres mucho mayores que ella, que lanzaba
                   miradas seductoras a todos los turistas mendigando
                   una propina extra.
                            Se pasarían el resto de sus vidas entre la
                   autoconmiseración y el odio; Chantal era feliz,
                   ésa era su venganza. Jamás olvidaría las miradas
                   de las personas que había alrededor de la
                   furgoneta, implorando su silencio por un crimen
                   que nunca se atreverían a cometer, para después
                   volverse en su contra, como si fuera ella la
                   culpable de que toda esa cobardía hubiera salido,
                   finalmente, a la luz.
                            "Abrigo. Los pantalones de cuero. Me pongo dos
                   camisetas, ato el oro a mi cintura. Abrigo. Los
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